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Último desafío

Último desafío

He desafiado al maximo representante del fuego sobré la tierra, El Sol.


Camino por las calles de la urbe para desafiarlo y confrontarlo con mi desnudo cuerpo que se exhibe ante miles de cámaras públicas colocadas estratégicamente para observar nuestros comportamientos políticos, sociales, culturales, mundanos, y controlar nuestra vida desde la seguridad pública y privada, sin que nos demos cuenta.

Camino como loco nuevo, sin el don de la ubicuidad, y el poderoso rey del fuego hace su calentamiento preliminar para enfrentarse al humano, único contrincante que lo desafía, con la promesa de congelarlo y doblegarlo, como el fuego doblega el hierro.
Con morisquetas lo mofo. lo invito a calentarme

Sol/solecito/ calientame un poquito/

No ha pasado una hora y el Sol comienza a templar, no obstante, no hace mella sobre mi humanidad, es más, acuesto la espalda sobre el pavimento a treinta grados de temperatura y sonrió mientras fumo un cigarrillo con vodka en mano ante las cámaras ocultas, para confirmar que no le temo
Sale el Sol por la mañana/ Sale el Sol/ A calentar/
Siempre sale por el este/ Hoy yo lo voy/ A saludar

El escenario propicio e idóneo para este desafío es Barranquilla. Ciudad costera que vive junto al río grande de la Magdalena. Entregó su cinturón de protección, cerros, lomas, barrancos y demás; a las cementeras que deforestan y mediante voladuras, extraen los materiales duros como calizas y pizarras, y los blandos (arcillas y margas)con excavadoras, transformando el paisaje en canteras, para lucrarse.

En esta ciudad encementada, con mezcla de hierro y fuego, tres elementos que unidos son dinamita, no llega a cubrir, ni siquiera, un metro cuadrado por persona de zona verde.
A las doce del día, sus plazas, parques y principales avenidas logran alcanzar aproximadamente unos cincuenta grados de temperatura.

Por eso me encuentro solo en las calles enfrentando al Sol que está dentro del fuego, enviando toda clase de rayos solares, ultravioleta y cancerígenos. Como boxeador estilista esquivo con rápidos y lucidos reflejos, estéticos movimientos de cintura y cuello, a lo Bernardo Caraballo o Baba Jiménez, estilistas boxeadores colombianos, que detenían su baile en el centro del cuadrilátero para deslucir a su contrincante. Pero voy más allá, para hacerlo enfurecer, lo reto en el centro de una plaza o de un parque, bajando la guardia como Nicolino Locche en el Luna Park de Buenos Aires, enfrentando al inmortal Kid Pambelé, y por supuesto sufro la misma suerte que sufrió Nicolino.

Siento pérdida la razón. Los rayos impactan una y otra vez como un cenital de luz punzante que filtra mi cerebro. No soy el mismo. Pierdo los reflejos. trato de protegerme trás los postes de alumbrado público, y aprovecho los cables de energía eléctrica para deslizarme bajo su sombra y llegar hasta el único árbol que conserva una avenida céntrica.
Él implacable, persigue su presa para devorarla. Al llegar al frondoso árbol un tumultoso gentío lo acapara.

A punta pies golpean mi chamuscado trasero y me expulsan, de la sombrilla salvadora, al escenario de lucha. Busco por doquier una pileta de agua para hidratarme, no existe. Por fin logro colgarme de una nube viajera y la aprovecho para huir del escenario. No obstante, es alcanzada por rayos solares que la difuminan antes que llegue a cualquier parte.

Las plantas de los pies se derriten como queso en el horno. Mis testículos quedaron como huevos fritos que se le reventó la yema. Ya no soy yo. Soy un monstruo ampollado que se achicharra ante las asquientas y horrorizadas miradas, que desde algún lugar con aire acondicionado, observan la humillante derrota.

Las cámaras alertan a las fuerzas represivas del sistema para que recojan el chicharrón con ojos que agoniza ante el círculo de policías, ESMAD, ejército apuntando sus armas hacía lo que aún queda de mi. solo esperan orden de un superior para acabar, de una sola vez por todas con esta achicharrada vida.

Cuando creo que todo está perdido, irrumpe en la escena un ejército de niños, niñas y jóvenes revolucionarios de paz, ambientales, animalista, defensores de la vida y la naturaleza que transforman la urbe en nuevo biopaisaje en armonía con el cosmos.
Varios de estos seres especiales recogen lo que aún existe de mi para cuidarme y protegerme, entonando una canción
Quien dijo que todo está perdido/ Vengo a ofrecer mi corazón


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Por: Edwin Doria

Edwin Doria

Artista


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