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¿Qué tan demócrata es un país democrático como Colombia?

¿Qué tan demócrata es un país democrático como Colombia?
Jorge Eduardo Benitez

Por: Jorge Eduardo Benitez

Democracia: Sistema político que defiende la soberanía del pueblo y el derecho del pueblo a elegir y controlar a sus gobernantes.

Primero, hazte las siguientes preguntas: 1) ¿En nuestro país la gente es la que manda, o son algunos pocos los que nos mandan a todos?

2) ¿La gente que elegimos nos representan políticamente y velan por nuestros intereses y preocupaciones, o se representan a ellos mismos?

3) ¿La ciudadanía elige a sus representantes con base en propuestas y capacidades de los candidatos o son más bien resultado de recursos en campaña, de manipulación del erario y cargos públicos y de la difusión de mentiras y promesas falsas?

4) ¿Los elegidos hacen las cosas que prometieron y dijeron en campaña o esos compromisos después dejan de hacer parte de su agenda política?

La respuesta a estos interrogantes aterriza algunos alcances reales de la “gloriosa” democracia.

Hice el anterior ejercicio y mis conclusiones son: 1) Aunque nuestra Constitución lo dice, en la práctica no mandamos, las decisiones se toman a puerta cerrada, incluso con rechazo popular, sin consensuar y desestimando el interés general.

Aclaro, eso sí, que más del 95% de la población del Planeta está igual o peor.

2) El modelo que tenemos de “democracia representativa” en realidad no nos representa. Tristemente es así en casi todo el Planeta, o incluso peor.

3) Entre más grandes sean las ciudades y mayor independencia económica de lo público tenga una población, mayor la probabilidad de elegir con base en expectativas programáticas y perfiles profesionales, aunque siempre se utilizan tácticas maquiavélicas para influir y manipular las decisiones de los electores.

4) Los candidatos (sin distingo de raza, estrato o ideología) suelen utilizar la demagogia, el populismo y las falsas promesas para cautivar votantes, pero ya en el cargo actúan con otra lista de prioridades.

No hay forma de negar que la sociedad está mal: demasiada pobreza, demasiado desempleo, falta de educación, mala atención en salud, etc.

Algunos indicadores mejoran con el tiempo, pero muchos otros también se deterioran.

No es una situación nueva, y parece que el transcurrir del tiempo no trae los avances en desarrollo y progreso que necesitamos y que podemos alcanzar!

Elegimos a una dirigencia para mejorar nuestras condiciones de vida y con presupuestos para ello, pero ninguno parece resolver adecuadamente nada.

Ya sean pobres, de elite, de derecha o izquierda, casi todos terminan haciendo mucho para sí mismos y poco por “el pueblo”.

¿Elegimos a los incorrectos o realmente el mismo sistema no deja que se den las transformaciones?

Los dirigentes con autoridad administrativa y en especial los ordenadores del gasto son los mayores culpables del fracaso de la intervención estatal en la sociedad.

Tampoco se puede negar que los mismos electores tienen algún grado de responsabilidad al elegir a personas con dudosa reputación.

Sin embargo, me atrevo a asegurar que el Sistema (la forma cómo funcionan las instituciones, las leyes y en general la sociedad, así como el entorno, las situaciones y las costumbres) empuja a elegidos y electores a repetir acciones antiéticas y por un interés personal y no colectivo.

Cargamos un lastre histórico como sociedad a nuestras espaldas: la corrupción y la dirigencia desconectada de las realidades de los ciudadanos.

Los Gobiernos actúan como paquidermos, con sobrecostos y desvío de fondos públicos que poco alivianan las condiciones sociales, y el peso de ese golpe lo sienten más aquellos que dependen más del Estado para reducir su vulnerabilidad.

Son muchos los problemas por resolver y en diversos frentes, pero urge realizar en primera instancia un debate académico sobre el sistema político y electoral.

Los problemas democráticos existen a lo largo de todo el mundo; empezando por la existencia de Estados Fallidos, donde no hay ni siquiera instituciones respetadas por la población, sino más bien la ley del más fuerte y casi que en “convivencia tribal” (Somalia, Yemen, por ejemplo).

Analizando el ranking del Índice de Democracia publicado por el medio londinense The Economist (2019), que incluye a 167 naciones, lamentablemente un tercio de países se encuentran en estado de autoritarismo (la mayoría en África y Asia), 37 como estados híbridos (autoritarismo con intentos democráticos); solo 22 con democracia plena, y un tercio como democracias imperfectas.

Nosotros estamos entre estos últimos (Colombia, puesto 45, puntaje 7,13), junto con la madre de las repúblicas: USA (puesto 25, puntaje 7,96).

El deplorable escenario que describe The Economist (puntaje promedio mundial: 5,44) deja claro que no somos los únicos, y de hecho que estamos lejos de los peores en democracia.

Sin embargo, de ninguna manera, el resultado debe tomarse como un consuelo, ni una aceptación.

Como ciudadanos, no solo del país sino del mundo, merecemos un sistema que nos garantice lo que a viva voz gritan todos nuestros dirigentes: que somos un país en democracia: eso es, donde el poder reside en sus habitantes.

Aunque contamos con instituciones y prácticas democráticas, hay que superar condiciones perversas, a fin de autoproclamarnos como una democracia verdadera.

De los cuatro interrogantes planteados al inicio de la columna, de los avances sociales de las acciones en los cargos de los elegidos (sus actuaciones) y de la relación electores-electos, creo imperativo realizar cambios en la legislación a fin de establecer varios aspectos.

1) LA VERDAD como un deber político de los elegidos y un derecho de los ciudadanos, tanto en campaña como en el ejercicio del cargo.

2) Una reforma de fondo con un enfoque de democracia participativa que habilite escenarios de verdadera PARTICIPACIÓN CIUDADANA, muy especialmente en CONTROL y VIGILANCIA y en la ELABORACIÓN y ASIGNACIÓN de PRESUPUESTOS.

3) AMPLIACIÓN DE LOS PRECEPTOS DEMOCRÁTICOS a otros escenarios públicos, como la escogencia de candidatos, la renuncia a cargos, entre otros.

En una próxima columna abordaré estas propuestas a fin de abrir el debate para escenarios académicos y políticos sobre su pertinencia y necesidad.


 


Jorge Eduardo Benitez

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