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Pandemia, vulnerabilidad, empatía y humanidad

Pandemia, vulnerabilidad, empatía y humanidad

Por María Isabel Cabarcas

Han transcurrido seis días desde mi regreso a Colombia. Seis días durante los cuales, entre clases virtuales de la Maestría que curso, recurrentes oraciones y rezos del Santo Rosario, largas video llamadas a mis seres queridos, cortos vistazos a las redes sociales, y largas lecturas al libro HemBRujas de Claudia Palacios, he sentido pasar el tiempo lentamente, lejos de mi hogar y extrañando a mi familia cada segundo.

Quiero aprovechar, la valiosa posibilidad de me da el alcance y la sinceridad de mis letras para hacer un sensible y urgente llamado para recordarles a los lectores de los medios que a bien han tenido ayudarme en su difusión desde hace muchos años, quienes somos en este momento: Somos la raza humana.

Lo hago debido a los múltiples comentarios malintencionados que circulan, las innumerables cadenas que desinforman, los mensajes tendientes a generar pánico, las falsas noticias, los audios anónimos e irresponsables que contienen crueles mentiras como el que anunció mi supuesta llegada a Riohacha el pasado miércoles.

Los memes burlescos, los chistes crueles, y por supuesto, las críticas mordaces de quienes se creen rectores morales del comportamiento ajeno, y que, desde la comodidad de un hogar y la cercanía de sus seres queridos, juzgan las acciones de otros omitiendo el deber empático, solidario y fraterno que hoy nos convoca mas que en cualquier otro momento de nuestra historia.

Detrás de cada persona, hay una historia, y merece toda nuestra consideración y respeto.

Estando frente a la oficina de atención al viajero de Avianca en el Aeropuerto El Pratt de Barcelona, vi a un ciudadano Rumano intentando en un español truncado, expresar su angustia a la encargada (quien le manifestó que no hablaba inglés), recibir una respuesta que para nada solucionaba su extrema urgencia de ingresar a Colombia donde su esposa colombiana embarazada lo necesitaba tanto como él a ellos.

Se me salieron las lágrimas al ser testigo de esa escena desgarradora, donde la respuesta de la funcionaria fue: «Comuníquese con el Call Center porque aquí no atendemos esos casos»; se trataba del mismo call center saturado de solicitudes con el que me fue imposible comunicarme por un espacio de tres eternos días en donde solo la oración y la compañía de amigos queridos me mantuvieron a salvo mental y emocionalmente.

También conocí el doloroso caso de Andrea, quien siendo Italiano, no ha podido regresar a su país a estar con su familia, y especialmente con sus abuelos enfermos. O de Giorgio, enfermo en Valencia, lejos de los suyos en medio de cuadros febriles e intenso malestar.

Observé incrédula a mi grupo de treinta y cinco compañeros de Maestría e incluso a docentes, desperdigarse rápidamente de regreso a sus países de origen, ansiosos debido a las drásticas medidas que de forma radical tomaban los gobiernos ante el rápido avance de los casos, así como por el cierre de aeropuertos y el acecho constante de la enfermedad en el país donde estábamos.

Entre todos nos dimos ánimo, fortaleza y consuelo a lo largo del camino de regreso a nuestras naciones. Algunos pocos no han podido regresar aún y eso duele.

Resulta asombroso, que en medio de la difícil situación que vivimos, aún la inconsciencia de los seres humanos sea un enemigo mucho más difícil de derrotar, que el mismo virus que nos ataca despiadadamente.

Sentí en carne propia, terror, angustia, estrés, desolación, ansiedad, tristeza, preocupación, confusión, siendo una total desconocida en medio de una multitud de personas quienes con desesperación buscaban volver a casa muchos sin los recursos para pagar un cambio de tiquete.

Traté en lo posible de mantener la calma, pero era inevitable caer presa del llanto sintiéndome lejos de mi tierra, imaginando, además, que sucedería si me enfermara en el extranjero.

Estos sentimientos fueron incontenibles y solo a través de la oración Dios me mantuvo serena, y hoy me ayuda a sobrellevar con paciencia este aislamiento que cumplo con responsabilidad por el bienestar de los que amo y de mis coterráneos en una ciudad tan fría como lejana en todos los sentidos.

La sensación de vulnerabilidad nos recuerda cuan frágiles somos como seres humanos, al tiempo que la empatía nos permite entender el drama ajeno, aunque no lo vivamos.

Hoy somos iguales, hoy somos la humanidad, hoy nos necesitamos, nos reconocemos y nos cuidamos los unos a los otros más que en cualquier otro momento de nuestra historia.

En alguna parte leí que Jesse B. Bump, profesor de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard, afirmó que: «La pandemia nos va a recordar la importancia de la solidaridad. Las epidemias no se pueden derrotar a nivel individual. Tienen que ser un esfuerzo colectivo»; estoy de acuerdo con él.


 

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Por: Maria Isabel Cabarcas Aguilar

Maria Isabel Cabarcas Aguilar

Hija de Dios, Mamá de MADJ, orgullosamente de La Guajira, enamorada de la vida y defensora de causas justas. ❤️ animales, naturaleza, cantar y cocinar.


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