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Los zapatos de mi maestro

Los zapatos de mi maestro

Por Francisco Martínez

Corría el año de 1990, cuando yo cursaba el 11° grado en el otrora combativo colegio Nacional ‘José María Córdoba’, jornada de la tarde.

Ya había superado la época del ‘gallinero’, como le denominaban al bloque de aulas donde estaban los novenos y algunos profesores ‘cuchilla’, ya eran historia en mi curriculum académico.

Ya estaba ad portas de ser bachiller. El rector de nuestra emblemática institución era un profesor del interior del país, creo que de apellido Montoya, un hombre ya entrado en años, de trato jovial y personalidad espontánea.
A mis 19 años, tenía, como muchos a esa edad, un alma indomable y una mente revolucionaria.

Al lado de varios compañeros, lideré movimientos y protestas, creo que más por responder a una moda que por verdaderas concepciones ideológicas, a esa edad realmente, no puede haber ninguna ideología definida en una persona.

Pero en medio de todo, de los amigos, de las novias a las que escasamente logré tocarles la mano, de los docentes, en su inmensa mayoría seres brillantes y nobles, hay un profesor que recuerdo con especial cariño, por un gesto, uno solo, que quedó grabado en mi memoria por siempre.

Se trata del profesor Luis Aparicio Lora, quien en esa época era el coordinador de disciplina del colegio. Lo recuerdo impecablemente vestido, con sus pantalones clásicos y camisas guayaberas. Los zapatos, siempre lustrados, su corte de pelo bajo y sus lentes, que le daban un toque de señorío y autoridad.

Yo intentaba ser rebelde, anárquico, quería infringir las normas del colegio, negándome a usar el uniforme y retando a los directivos del plantel, porque de esa manera me ‘ganaba el respeto’ de mis compañeros y ascendía a la categoría de ‘líder estudiantil’.

Recuerdo que una tarde, el profesor Aparicio se me acercó y prácticamente me susurró al oído: ¿Porqué no trae puestos las zapatos del uniforme?

Lo miré un poco nervioso, pero le respondí con honestidad: Porque no tengo. El profe me dio un golpe en el hombro y desapareció entre la multitud de jóvenes que disfrutábamos de la hora del recreo.

Unos días después, siendo tal vez las 3:00 de la tarde, cuando la profesora Rosario Carrascal intentaba enseñarnos francés, con una categoría, un estilo y una pedagogía única, debo reconocer que me  gustaba ver sus gestos cuando pronunciaba las oraciones y los números de aquella lengua romance, aparecieron los espejuelos del profesor Aparicio, colgando sobre su camisa guayabers azul celeste, hizo una señal a la seño Rosario, pidiendo permiso para interrumpir su clase y con su habitual tono revestido de coordinador de disciplina, exclamó: ¡Martínez, venga!

Comencé a preguntarme qué había hecho, en qué momento metí la pata que no recordaba, pues cuando Aparicio sacaba a alguien del salón de clases, era porque la embarrada había sido clásica.

Por supuesto que se despertaron los  comentarios con los compañeros de clase, comenzaron las especulaciones y algunos, ya planeaban hacer ‘mitin’, aduciendo que mis derechos estaban siendo pisoteados.

Pero lejos de todo eso, el profesor Aparicio, metió las manos al bolsillo de su pantalón, mientras caminábamos por los pasillos del segundo piso, en el bloque de los 11, muy cerca de la histórica plazoleta ‘Néstor Lugo Olivella’, extrajo una llave y me la entregó, diciendo: Vaya al carro, del lado del pasajero, hay una caja con unos zapatos que solo he usado dos veces, son suyos, para que nunca más venga con el uniforme incompleto.

Fui hasta su Land Rover cabinado, de color verde o azul, no recuerdo bien y ahí estaba la caja, con un par de zapatos totalmente nuevos y absolutamente lustrados. ¡Qué bueno, que el profesor y yo calzáramos lo mismo!

No puedo negar que aquel gesto me emocionó. El profe se desprendió de un par de zapatos prácticamente nuevos y me los regaló, en silencio, sin que nadie se enterara, un hecho que tal vez ni siquiera él mismo recuerde, pero que hoy, 30 años después he querido contar como un homenaje a los maestros en su día, a los verdaderos apóstoles de la enseñanza, a los que educan, no sólo en el aula, sino con su vida como ejemplo.

A esos maestros, este pequeño fragmento de mi historia, como reconocimiento a su memorable labor.

Pdta: Aquí encierro un homenaje con mucho cariño a mis profes del CONALCO de esa época. Algunos ya no están y otros gozan de merecida pensión y retiro. A todos ellos, mi gratitud eterna.


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Por: Francisco Martínez Ferreira

Francisco Martínez Ferreira

Periodista


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