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la lucha continúa

la lucha continúa

Los cuatro hermanitos sentados sobre el suelo de arena, a la salida de la casa, comían arroz con iguana guisada que ellos mismos cazaron con hondas que siempre llevaban colgadas sobre su cuello. El mayor de los cuatro no pasaba de diez años. Siempre atentos a cualquier señal de la madre embarazada para ayudarla en los quehaceres del campo y la casa o acompañarla a reuniones comunitarias en defensa de los predios ocupados o cualquier otra disposición.


Para estas criaturas del campo abandonado por el estado, no era ajena la lucha ancestral por la tierra que mamá, papá, familiares y vecinos heredaron de anteriores generaciones. Aunque, a su corta edad, no comprendían del todo la situación, estaban prestos a captar saberes y conocimiento transmitidos por los mayores. Incluso, a veces metían la cuchara u opinaban en las conversaciones de la pareja sobre el tema y, a la vez, siempre atentos ante cualquier movimiento o extraño que apareciera en su territorio.

El padre había salido a vender la primera cosecha de maíz recogida a un pueblo vecino y no había regresado, como siempre lo hacia, dos días después de su partida.
Sin embargo, sabían, que los días de lluvia, los caminos de barro se vuelven intransitable, lo que dificulta el tránsito de personas, bestias y vehículos. Sin mencionar el peligro que corrían quienes por ahí se movilizaban, podían ser presas de bandas criminales que operaban en la zona. Además de las amenazas de muerte recibidas por la familia, por ocupación de tierras baldías, robadas por gamonales, empresarios y narcotraficantes nacionales y extranjeros.

Pasada la tarde entre juegos, tareas y la caza infortuita, esperaron a la madre que regresó junto a la media luna por el camino viejo para despiste de los enemigos.

Esa noche, después de la cena, la mujer de siete meses de embarazo, con agua almacenada en un tanque plástico, que le duraba ocho días, bañó a las cuatro criaturas, con jabón negrito y los restregó con el estropajo hasta sacarle el mugre acumulado en sus cuerpecitos durante el día.

A la mañana siguiente los alistó para la escuela y juntos salieron entonando esta canción

Cuatro hermanitos/tomados de mano/por un caminito/de polvo mojado/brincan que brincan/charcos y charcos

Llegan a escuela/soñando soñando/La mama se aleja/
pensando pensando….

¿Que será de la vida de Toño?
-Mami te queremos mucho. Cuidate. Le dices a papi, que también le queremos un porrocoton. Jajajaja-
-Adios mis amores. Estamos orgullosos de ustedes – La madre luego de averiguar por caminos y veredas vecinas sobre el paradero de su compañero, no regreso hasta el momento que se encontró con la muerte frente a sus hijos.

Los niños al regresar de la escuela, no encontraron a la mamá, ni almuerzo hecho. Pero, ellos sabían que hacer en esos casos.

El mayor picó la leña con un hacha mas grande que él, el otro, dos años menor, agarró una gallina por el pescuezo y con un machete le voló la cabeza, la desplumó y la despresó. Los mas pequeños colocaron estillas en el fogón elaborado con piedras. Espantaron a perros y gatos que merodeaban la cocina al aire libre.

Mientras cocinaban, sacaron tiempo para afinar puntería con las hondas, haciendo blanco en cualquier pájaro mal parqueado en la copa de un árbol, o jugaban al que lanzara la piedra lo mas alto o lejos posible.

Así transcurrió hasta la despedida del sol después de la siesta. Los niños montaron guardia, como siempre lo hacían, cerca de la carretera, esperando la llegada de papá y mamá.

Desde la trinchera de rastrojo elaborada con sus propias manos, distinguían el tipo de auto o de moto que rodaba por esa carretera según el ruido del motor, sabían si se trataba de la camioneta que prestaba el servicio de transporte a la comunidad, o si se trataba del camión que repartía los alimentos en las escuelas, o la buseta que transportaba a los mineros, incluso escucharon pasar a baja velocidad el ruido de las dos motos donde se movilizaban los sicarios que mas tarde silenciaron para siempre la voz lider de la restitución de tierras.

Pero no las escucharon regresar. Se habían dormido de cansancio. los asesinos regresaron a pie y se ocultaron entre la maleza a pocos metros donde los niños vigilaban dormidos. Por eso no escucharon llegar la camioneta que trajo de vuelta a la madre. Pero si escucharon la infinidad de disparos que los sicarios propinaron sobre el rostro y el vientre de la madre, que cayó sobre un charco de barro teñido de rojo.

Gritos onomatopeyicos retumbaron en el firmamento, los niños con sus hondas alcanzaron a herir en la columna vertebral a uno de los fugitivos al servicio de terratenientes de la zona, cuando huían en las motos de alto cilindraje.

La comunidad acudió de inmediato, pero ya todo estaba finiquitado.

En las noticias del día siguiente, se escuchó el escándolo de los medios de comunicación, y las frases de cajón de fucionarios y funcionarias de las instituciones del estado, que no se hicieron esperar; pero, como dice la canción, al día siguiente noticia olvidada.

Cuando los niños regresaban del sepelio, recibieron la mala noticia: Encontraron el cuerpo sin vida de su padre, luego de ser torturado.

Los niños con lágrimas en sus ojos se protegieron de los asesinos y la complice sociedad, internandose monte adentro, con sus hondas, como arma, para unirse a otros rebeldes que también luchaban por la defensa de la vida y la tierra por la que murieron sus progenitores y ancestros.


Por: Edwin Doria

Edwin Doria

Artista


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