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La Biblia en mi

La Biblia en mi
Juan Gabriel Sánchez Castellón

Por: Juan Gabriel Sánchez Castellón

¡Eso es, solo un libro! Así me decían algunos compañeros en la Universidad cuando comenzábamos a hablar de la Biblia.

Y aunque puede ser verdad, millones de personas piensan que la Santa Biblia es la palabra del único y verdadero Dios.

Ciertamente, la Biblia misma lo dice. Muchos otros la tienen en gran estima sólo como una colección de algunos de los escritos más famosos de la literatura universal. Millones de Biblias, en numerosas traducciones, son vendidas año tras año.

Este libro ha sido traducido a más de 2000 idiomas y dialectos. Por sí sola, la Sociedad Bíblica Americana (un organismo sin fines de lucro) desde su fundación en 1816 ha distribuido aproximadamente cinco mil millones de ejemplares de la Biblia.

«Aun en países donde la religión prevaleciente no es cristiana, para que alguien pueda ser considerado una persona educada es necesario que tenga un conocimiento elemental de la Biblia. Por ejemplo, todas las personas educadas necesitan entender qué se quiere decir cuando alguien habla de una contienda entre David y Goliat o si una persona que tiene la ‘sabiduría de Salomón’ es una persona sabia o necia . . .» (The Dictionary of Cultural Literacy (Diccionario de alfabetización cultural, 1988, p. 1).

Hombres de estado, políticos, filósofos, poetas y hasta astronautas en órbita citan las Sagradas Escrituras. Gente de todos los niveles sociales ha encontrado en las páginas de la Biblia las palabras apropiadas para incontables situaciones.

Su profundo contenido suele ser la compañía perfecta para momentos de asombro e inspiración, tensión y angustia, confusión y duda.

Existe un enlace muy particular entre la biblia y la ciencia, aunque algunos han intentado desligarla, en realidad la ciencia siempre ha estado confirmando lo que dice en la biblia, por ejemplo: la base de una buena salud es un código sanitario adecuado. La Biblia revela las bases de ese código en el libro de Levítico.

Este libro «tiene que ver con la higiene pública, el abastecimiento de agua, la eliminación de aguas residuales, la inspección y selección de comida, y el control sobre enfermedades infecciosas» (New Bible Dictionary [“Nuevo diccionario bíblico”], 1996, artículo “Salud, enfermedad y sanidad”).

Aunque ahora damos por sentado este conocimiento, los científicos no entendieron ni aceptaron estos principios hasta en siglos recientes. La mayoría de estos principios no se tomaban en cuenta en Europa durante la Edad Media.

¿Por qué? En gran parte porque la Biblia no era un libro fácil de adquirir. Los resultados de que tan poca gente tuviera este conocimiento bíblico fueron catastróficos.

La espantosa peste negra de la Edad Media se propagó debido a las deplorables condiciones sanitarias que existían en Europa en esa época.

La primera plaga apareció en 1347 «cuando una flota genovesa que retornaba del Oriente hizo escala en la bahía de Mesina; todos los miembros de la tripulación estaban muriendo o ya habían muerto de una peste causada por una combinación de cepas bubónica, pulmónica y septicémica de la plaga» (William Manchester, A World Lit Only by Fire [“Un mundo alumbrado sólo por fuego”], 1993, p. 3 4).

En la Biblia encontramos otras medidas prácticas para la salud. Por ejemplo, nos muestra una forma en que puede ser tratada una herida.

En el relato del buen samaritano se nos dice que éste aplicó vino y aceite a las heridas de la víctima, y luego las vendó para protegerlas mientras sanaban (Lucas 10:34).

El vino sirvió como desinfectante y el aceite de oliva como ungüento sedante. «El aceite de oliva tiene ciertas cualidades curativas y aún se usa en la medicina moderna” (The International Standard Bible Encyclopedia [“Enciclopedia internacional general de la Biblia”], 1986, artículo “Aceite”).

La mezcla de vino y aceite produjo un desinfectante con el que el samaritano trató al herido. Por siglos estos métodos fueron olvidados en gran parte, hasta que fueron redescubiertos en tiempos más recientes.

Si se hubieran conocido y utilizado tales métodos aun tan recientemente como en la guerra civil de los Estados Unidos (1860-1865), el grado de mortandad habría sido mucho menor.

En esa guerra «más de la mitad de los hombres que perecieron no fueron muertos en combate; simplemente murieron de enfermedades que contrajeron en los campamentos: tifoidea, pulmonía, disentería y enfermedades infantiles como sarampión y varicela».

Desafortunadamente, hoy en día muchos cristianos no aprovechan ese poder con regularidad. Como resultado, nuestro crecimiento espiritual se estanca.

Confiamos solo en nuestra propia fuerza para enfrentar las pruebas y tentaciones diarias, lo que aumenta las probabilidades de que caigamos en los mismos errores.

Poseer una Biblia y creer que es la palabra inspirada de Dios no significa que la gente realmente lea la Biblia.

Un estudio realizado en Estados Unidos por el Center for Bible Engagement donde realizó encuestas en Internet de más de 40.000 estadounidenses con edades comprendidas entre los ocho y ochenta años.

En este estudio uno de los objetivos era observar la influencia mental que tenían la lectura de la biblia en comportamientos como: Emborracharse, Sexo fuera del matrimonio, pornografía, Juegos de Azar, y cualquiera de estos hábitos.

Uno de los resultados más sobresalientes es que en los adultos que leen la biblia de 1 a 3 veces en la semana no hay ningún efecto en el comportamiento en comparación con los que no la leen.

Sin embargo, el leer o escuchar la biblia 4 o más días a la semana genera efectos de comportamiento completamente diferentes en la mayoría de los casos: Se reduce en un 49% el Emborracharse, 51% el Sexo fuera del matrimonio, 51 % de reducción en la pornografía, 43% en los Juegos de Azar, y un 61% en cualquiera de estos hábitos.

Lo que significa que la lectura recurrente de la Biblia genera un efecto en cerebro tal, que el comportamiento de las personas cambia. ¡No te parece sorprendente!

Y si miramos los resultados en adolescentes existe una reducción de estos comportamientos para los que leen o escuchan la biblia 4 o más veces a la semana teniendo una reducción del 82% en fumar y 80% en emborracharse. Parece ser que el leer la Biblia recurrentemente ayuda a dejar estos vicios «La ciencia lo dice». Tal vez por eso el escritor se atrevió a afirmar:

«Porque la palabra de Dios es viva y activa. Más cortante que cualquier espada de doble filo, penetra hasta dividir el alma y el espíritu, las coyunturas y la médula; juzga los pensamientos y actitudes del corazón». Hebreos 4:12 (NVI)


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Juan Gabriel Sánchez Castellón

Juan Gabriel Sánchez Castellón

Químico, MSc. en Ciencias Químicas. Pastor Cristiano


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