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Inseguridad ciudadana, pesadilla de nunca acabar

Inseguridad ciudadana, pesadilla de nunca acabar
Jesús David Fernández Díz

Por: Jesús David Fernández Díz

La violencia y temor  que se viven en las calles producto de atracos, cosquilleos, hurtos menores, tentativa de homicidio, homicidios en caso de que el ciudadano no entregue el objeto que se le quiere arrebatar, y extorsiones masivas  por parte de fleteros, pandilleros, los llamados ‘ñeros’ y demás grupos urbanos al margen de la ley, tanto de noche como a plena luz de día se han convertido con el tiempo en el pan de cada día en muchas ciudades de nuestro país, hasta el punto que ya se ha llegado a ver dicha situación como un defecto de la seguridad que puede aludirse si se circula en las calles con la debida cautela.

A medida que la sensación de inseguridad ciudadana crece en nuestro entorno por el alza de  atracos y fleteos en zonas urbanas pobladas, los temores se disparan en nuestra mente y condicionan la vida de muchas personas a un estado de pesadumbre y pánico, en el sentido de caminar en el parque o por la circunvalar con reiterada zozobra, temerosos de ser víctima de algún malhechor o ladrón callejero o incluso de perder la vida en un forcejeado intentado por impedir que el verdugo se lleve algún objeto valor como el celular.

Esa sensación de inseguridad es causa nada más y nada menos que de la proliferación de bandas criminales y acechadores que se toman las calles cínicamente para apoderase de bienes ajenos y sacar provecho económico, a costa de pasar por encima de los derechos del prójimo.

Es una situación sobre la cual los organismos policivos respectivos y las autoridades administrativas Nacionales y locales  deben atesar e intervenir con mano dura y sin concesiones para aplacar la continua ola de crímenes violentos hacia civiles y policías tanto en la noche como en las horas del día, ya que estos acontecimientos traen consigo un fenómeno psicólogo que afecta el sano convivir de los ciudadanos.

El fenómeno psicológico que ocurre luego de vivir una experiencia delictuosa, como víctima frente al victimario, consiste en que la persona ya no vuelve a salir de su casa  con la misma entereza y confianza con la que lo hacía anteriormente, sino con el temor de persecución, la paranoia de un nuevo hurto violento, como por ejemplo, mirar a un lado y otro antes de pasar el umbral de la puerta de casa, girar la cabeza constantemente, espabilado, para comprobar si hay alguien detrás cuando se camina de noche por la calle, dejar en el domicilio de residencia una joya de significativo valor que siempre se había llevado fuera de casa, esquivar barrios o calles destapados y muy oscuros por los que se solía transitar sin ningún miedo, dejar de ir a sitios habituales por temor a ser víctimas nuevamente de un delito, sospechar de todo el mundo…

 

Eso es en pocas palabras: vivir en alerta permanente. Este fenómeno suele ocurrir cuando la sensación de inseguridad se apodera de los ciudadanos. Y cuando esos temores y miedo se propagan en nuestra mente recuperar la tranquilidad y la normalidad (con independencia de si están o no justificados) cuesta mucho teniendo en cuenta la última experiencia negativa que se vivió y el temor a no volver a sufrir esa experiencia.

Muchos ciudadanos, que antes veían la delincuencia como algo lejano en sus vidas, empiezan a pensar que ellos están también en la lista de las víctimas de esos delitos y que un día cualquiera podrían ser los siguientes en la lista de los criminales.

Una sensación que puede provocar cuadros de ansiedad y que se agrava (lo que siempre ocurre cuando se disparan los índices de delincuencia) con la proliferación de noticias falsas y todo tipo de cadenas de desinformación  sobre robos, bandas peligrosas, asesinatos o secuestros que sólo buscan disparar aún más los temores y miedos entre los ciudadanos.

Aunado a lo anterior, podemos deducir, teniendo en cuenta las recientes noticias basadas en fuentes confiables, que la sensación de inseguridad crece en Colombia en razón al aumento de robos y fleteos en estos últimos días por lo que en definitiva habría que tomar ya cartas en el asunto antes de que se desborde la situación.

Es un tema que hay que combatir con más presencia de oficiales de policía, con resoluciones y decretos restrictivos de la movilidad para determinadas personas sospechosas y  sin más demora para garantizar la convivencia y la libertad de los civiles, propios de un Estado social de Derecho.

Recordemos que en las sociedades democráticas la seguridad ciudadana y la libertad de circular libremente es un derecho de los ciudadanos, que además éstos deben reclaman de forma permanente y efectiva a sus mandatarios en orden a que la Constitución garantiza la libertad en todas sus formas mientras no se afecten los derechos de los demás o dicha libertad sea contraria al ordenamiento jurídico vigente.

Cabe anotar por último que, exageradas o no las cadenas de información sobre hurtos y crímenes violentos conexos, es deber de la ciudadanía, para alertar y mejorar la seguridad local, reportar cualquier actividad sospechosa en el círculo de su vecindad, contactándose con los organismos de control pertinentes a través de los canales de atención y circular, en la medida de lo posible, acompañados o abstenerse de portar muchos accesorios de valor en el cuello o en el bolso o cartera, y aún más importante, evitar cargar el celular en la mano mientras se circula en un barrio de dudosa reputación.

Todos estos pequeños detalles pueden marcar la diferencia si se llegase a presentar una embarazosa situación de sustracción.


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Jesús David Fernández Díz

Jesús David Fernández Díz

Abogado, de 26 años, egresado de Derecho de la Universidad del Sinú. Escritor y asesor de servicios legales. Oriundo de San Antero residenciado en Montería. Amante a la lectura y asesor de servicio independiente.


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