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Extraños…

Extraños…

El mundo tiene más de siete mil millones de habitantes, de los cuales llegamos a conocer apenas a un par de cientos a lo largo de nuestra vida y, aunque la teoría de los seis grados de separación dice que “cualquiera en la tierra puede estar conectado a cualquier otra persona del planeta a través de una cadena de conocidos que no tiene más de cinco intermediarios” (por cierto no tengo idea que habrá pasado con esta teoría), la verdad es que estamos rodeados de extraños y que esa realidad no cambia.

Pero hay muchos tipos de extraños: los extraños que vimos alguna vez y con los que nunca mediamos palabra, los famosos a los que perseguimos y admiramos aunque jamás en la vida sabrán de nuestra existencia, esos que alguna vez nos presentaron con los que nunca superamos la barrera de los tres minutos; también están los que en algún punto de una conversación, un trabajo o un baile lograron hacernos sentir algo más y dejaron de serlo y finalmente, y claro, están los extraños con los que alguna vez tejimos un abrazo y nos soñamos la vida y al otro día desaparecieron justo como llegaron, por supuesto, están los extraños dolorosos, aquellos que una vez lo fueron todo y en algún punto de la historia se convirtieron en perfectos desconocidos.

Y es que, ¿a quién no le ha pasado que entabla una relación de algún tipo con alguien y sin darse cuenta ese alguien cambia al punto de ser irreconocible?, tal vez seamos nosotros los que perdemos los lentes que nos hacían creer en el paraíso, tal vez la realidad siempre estuvo al alcance de nuestra mano, pero sin quererlo, idealizamos al otro y no nos atrevimos a ver, tal vez las cosas iban aparentemente bien y no era necesario ahondar en “pequeñeces”, tal vez las circunstancias nos obligaron a ceder y ceder y ceder hasta que ya no sabíamos como salir de la espiral, o tal vez solo nos ilusionamos con la esperanza de haber encontrado al alguien perfecto, pero sólo se trataba de un espejismo, un susurro cuya eternidad era tan efímera como la existencia de un suspiro.


Por eso no debemos perder de vista que la verdad es que estamos rodeados de extraños, que a la larga cada quien está pensando en su propio bienestar (económico, emocional, personal, profesional o lo que sea), y que eso no se trata de egoísmo sino de la vida misma y la vida es siempre una oportunidad; así que hay que amar, hay que embarcarnos en negocios, hay que apostarle a los encuentros, compartir abrazos y besos, decir “te quiero”, soñar el futuro y cuando sea el tiempo, decir no más, decir es suficiente, decir hasta aquí, decir como el Ho’oponopono “Los amo queridos recuerdos. Agradezco la oportunidad de soltarlos a ustedes y a mí” y dejar ir. Porque nada justifica que nos enfrasquemos en fracasos, que mantengamos relaciones tóxicas o que sigamos perdiendo nuestro capital o nuestra credibilidad o nuestra paz o alimentando un sueño inexistente.


Todo es bueno mientras dura, en especial porque nos ofrece la oportunidad de crecer, de aprender, de madurar, de avanzar, de construir y por ello debemos agradecer a quienes están a nuestro lado en ese proceso, pero nada nos puede obligar a mantener lo que nos hace daño, nosotros también debemos a reconocernos como prioridad y dejar de buscar razones inexistentes para mantener a nuestro lado a un extraño que se robe nuestra tranquilidad.


Por: Milena Bautista

Milena Bautista

Milena Bautista es hija de la ciudad musical; lidera procesos sociales en favor de la juventud. Estudió electrónica por terquedad y derecho por vocación. Su pasión se mueve entre el fútbol, la política y la poesía. Escribe eventualmente sobre las conversaciones que se tejen al rededor de un café con los amigos, esas en las que se empieza hablando de las noticias y termina uno desahogando el alma.


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