El vendedor de peto

El vendedor de peto
Foto: Tomada de internet

La brisa del Sinú es única; sabe a bocachico y arena. Por las tardes toma impulso, se industrializa y es “Menticol” para las iguanas. Ciertos olores le pueden cambiar su peculiar aroma.

Esa tarde en la terraza de la casa de mis Padres lo noté: era “olor a tierra mojada” avisando la llegada del nuevo contertulio. En su triciciclo, con su bocina y marcando el son la tapa de acero anunciaba “el ritual del peto”.

El té de las cinco en Londres, o el preparado de Hibuscus en Jamaica, o las galletas enflaquecidas de chocolate con aromática de frutas estilizada del legendario Plaza de Nueva York son unos niños; no se comparan con un buen vaso de peto en el Caribe. Popular y barato, es uno de los manjares de la tierra. Cuál es la fórmula? las 5 horas que dura el proceso de hervir el maíz blanco. ¿La canela de tienda de pueblo? El batuqueo del recorrido desde que parte de los barrios populares donde nace, hasta que nos los sirven en vaso plástico.

Esa tarde identificamos por su acento caribeño al nuevo vendedor. Su prosodia venezolana lo delató. Es uno más del millón que han partido, “una mano adelante y otra atrás”. Sus credenciales académicas quedaron en la cerca de púas de la frontera: Ingeniero de Hidrocarburos con un doctorado en Suelos. Dejo a su mujer y dos hijos abandonados. Su familiar en Montería le abrió un cupo y empezó a trabajar. De 6 a 10 am, lava carros a orillas del Sinú. De 4 a 8 pm recorre las calles vendiendo peto. Trabajaba con una empresa extranjera en Venezuela, el régimen la expropió y quedaron en la inopia 600 trabajadores.

Gana por los dos trabajos 60 mil pesos diarios; no conoce qué es la seguridad social y confía que su juventud (36 años) lo mantendrá inmune de enfermedades. Todas las semanas envía a su hogar $200 mil pesitos y no sabe, por la alocada inflación de su país, para qué alcanzará.

La sociedad del conocimiento, donde la educación y el capital humano son los pilares del progreso de los pueblos, la hemos calificado como “la tabla de salvación del subdesarrollo”. Pero veo este drama, un universitario exiliado, no dejo de pensar en lo que significa la asfixia dictatorial de un régimen totalitario.

El trabajo enaltece al hombre. Cuando un PhD debe para sobrevivir brillar los espejos de los carros o vender vasos de peto no se cumple con los postulados de autosuficiencia, realización personal y protagonismo de una sociedad en construcción, requisitos de una labor digna.

Miro con el retrovisor y les comparto algo íntimo: dos hechos que disfrutaba.

El primero, pagar impuestos. Lo sentía como mi contribución hacia la equidad. Los corruptos me robaron este placer.

Lo segundo, la vida estudiantil de mis hijos cuando aprendían en pre y post grado. Qué grato era pagar sus matrículas! No delegaba jamás esta obligación. Nunca revise sus notas. La convicción y recompensa que la mejor inversión era estimular el conocimiento para acrecentar su capital humano, lo disfrutaba a plenitud.

Cuando veo la situación de este joven venezolano -contemporáneo con mis hijos- y un capital social enorme enterrado, le sacude a uno sus principios.

Vi alejarse el vendedor de petos en su triciclo pesado por tanta pena; imaginé las ataduras donde cuelgan sus credenciales académicas. Los espacios vacíos del pequeño patio de su casa pues el hogar se le destruyó el régimen.

Entendí la tragedia de nuestro país hermano y la crueldad de la dictadura ponzoñosa en los regímenes totalitarios.

Recordé el estado social de derecho consagrado en la Constitución del 91 “crear los supuestos sociales de la misma libertad para todos”. Estas dos palabras jamás las había percibido tan majestuosas: libertad y democracia.

Mis amigos: el próximo domingo no nos podemos equivocar! El futuro es de todos y lo construimos con lo que hagamos en el presente.


Por: Remberto Burgos de la Espriella

Remberto Burgos de la Espriella

Neurocirujano Cordobés


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