El milagro de ser mamá

El milagro de ser mamá

Anteriormente, creía que ninguna otra misión encomendada por Dios al género femenino era tan importante como esta, ahora que lo vivo estoy más que segura. Al sentir el milagro maravilloso de una vida crecer dentro, se despierta una fuerza interior que, probablemente, pocas o ninguna mujer conoce antes de concebir. Tal vez, quienes han vivido esta experiencia, sentirán que existen demasiados clichés —más que ciertos—, en torno a la maternidad; no en vano, unas advierten a otras: ‘Ahora sí vas a conocer lo que es el verdadero amor’, y yo le agregaría: el amor terreno inspirado en el divino, pues el amor de Dios y de nuestra madre María es una constante y una realidad en la vida de cada ser humano, incluso en la de los no creyentes.

A mis 37 años esperaba a mi primogénito, y desde que me enteré que estaba dentro de mí, cada día transcurría en torno a miles de preguntas, curiosidades, pero, sobre todo, una ilusión que no había sentido nunca antes; pues, es una sensación de ansiedad permanente, que se alimenta cada día de la expectativa por su nacimiento. Todo ello ante la complicidad de amigos y familiares, quienes han celebrado la llegada de mi niño, algunos bajo el argumento o frases como: ‘Ya era hora’, ‘que bueno que tengas tu compañerito de vida’ o ‘no te quedaste sin conocer el verdadero amor’. En cinco ‘baby showers’ organizados secretamente por damas extraordinarias y muy amorosas, múltiples visitas, atenciones y el celoso acompañamiento de familiares paternos y maternos; mi bebé creció en mi vientre rodeado de un inquebrantable y poderoso círculo de afecto que nos mantuvo agradecidos, fortalecidos y sintiéndonos muy amados por todos.

Hace un año y medio, aproximadamente, escribí una columna para Diario del Norte titulada ‘De Hollywood a Riohacha’, justamente abordando las exigencias sociales respecto de la importante decisión de convertirnos en madres y cómo, en algunos casos, son estas las que determinan los pasos de la vida de algunas mujeres. No es el mío. En ese escrito concluí que la voluntad de Dios, sus tiempos y designios son los que siempre definen cuál es el plan que Él tiene para mí, y así está pasando.

Solo en la sobreprotección natural que nace en el corazón de una mujer, un hijo halla el cuidado y afecto necesario para que durante los nueve meses de gestación, esa frágil criatura pueda recibir todo lo que necesita física, mental, espiritual y emocionalmente, para así llegar al mundo a través del parto.

El psiquiatra Thomas R. Verny, junto a John E. Kelly, en su libro ‘La vida secreta del niño antes de nacer’, afirma: “El amor de una madre hacia su hijo(a), las ideas que se forma de él, la riqueza de la comunicación que establece con él, tienen una influencia determinante sobre su desarrollo físico, sobre las líneas de fuerza de su personalidad y sobre sus predisposiciones de carácter”. Esta joya de libro llegó a mis manos gracias a una gran amiga paisa, quien tempranamente me sorprendió con este detalle, el cual sería fundamental en mi proceso de aprendizaje previo como futura mamá. Hoy comprendo y valoro mucho más la riqueza del tiempo y de los cuidados recibidos de mi madre, y de cada una de ellas en el mundo, porque son portadoras de una forma humanamente perfecta de amor extraordinario, que solo nace en el corazón de una mujer. Siempre sostuve que el mayor acto de valentía de un ser humano era el de tener descendencia, pues se trata del desprendimiento de un pedazo de sí mismo, el cual al cabo de unos años tomará decisiones y actuará por su cuenta, sin dejar de ser nunca parte de sus progenitores.

El espléndido momento de su nacimiento

Cuando vi a mi hijo por primera vez, sentí que el corazón se detenía para comenzar a latir de forma distinta, ahora a un ritmo diferente, en otro cuerpo y ser. Su frágil e indefensa figura invadió no solo mi mirada, sino mi universo, era como si el tiempo se detuviera y luego se acelerara por la fuerza del más puro y pleno amor; creía, erradamente, que él sería mío para toda la vida, pero realmente era yo, quien sería de él para siempre. Hoy miro hacia atrás y entiendo que cada malestar físico, angustia por la espera de los resultados de algún examen, lágrimas producto de la montaña rusa de hormonas, circunstancias cotidianas o extraordinarias, incertidumbre o temor súbito, los innumerables momentos emotivos, la sensación de ansiedad durante su espera: ¡Valió la pena!

Mientras escribía, él dormía plácidamente a mi lado, sin saber qué tanto significa para mí y su papá, cuánto lo amo con cada milímetro de mi finita existencia; es indescriptible la forma caótica en que todo ha cambiado con su bendita llegada, más que milagrosa por muchas razones tanto biológicas como emocionales, las cuales viví a lo largo de mi embarazo de alto riesgo.

Al tener que recurrir en último momento a la cesárea, por no haber dilatado —pues anhelé tener un parto natural y así procedimos hasta el penúltimo instante—, recibí, de un equipo espléndido de médicos y enfermeras, las mejores atenciones en aquel quirófano, el cual estuvo lleno de calidez. Mis nervios más que naturales se fueron disipando en un ambiente de camaradería clínica del que, incluso, llegué a participar, ya que estuve despierta durante el exitoso procedimiento, quienes dejaron en mi corazón una imborrable huella de gratitud y cariño.

Ahora, mi motor es un pedacito de ser humano que inspira mis días, horas, minutos y segundos, de una forma que jamás imaginé y quien, con su presencia, ha volcado mi rutina de una forma avasalladoramente hermosa; nada de lo que me hayan dicho se parece a lo que siento, es una invasión total que recorre cada rincón de mi cuerpo y que solo me motiva a cuidarlo y amarlo más y más cada día. Solo le pido a Dios salud, para que mis días alcancen, y sabiduría para que su papá y yo hagamos de él un hombre bueno; que nuestro ejemplo guíe sus pasos y su llegada a este mundo siga siendo, a través de los años, luz y bendición para todos los que lo amamos.

Gracias a Dios por el milagro de la vida encomendado a la mujer y por todas las que estamos comprometidas con la hermosa labor de hacer de los hijos buenos seres humanos; obrando a través del ejemplo, impartiendo educación basada en valores y procurando su bienestar por medio de un sentimiento que solo ha experimentado quien ha tenido la dicha de ser mamá.


Por: Maria Isabel Cabarcas Aguilar

Maria Isabel Cabarcas Aguilar

Hija de Dios, Mamá de MADJ, orgullosamente de La Guajira, enamorada de la vida y defensora de causas justas. ❤️ animales, naturaleza, cantar y cocinar.


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