De Santa Rosa de la Caña y otros recuerdos de la guerra

De Santa Rosa de la Caña y otros recuerdos de la guerra

En mis recuerdos de infancia viven los rostros de Eliécer, Marta, el “Mono” Petro, Varguitas, Diana (la hija de Héctor), Ceballos; la agradable apariencia de mi padrino de confirmación; el rostro de Rafael y otros más. Miradas, risas y colores de piel, entre otros rasgos humanos, que no conocieron el fin natural de sus destinos porque o un guerrillero, un paramilitar, o las balas perdidas de un fusil oficial durante un combate entre policías y subversivos, impidieron que festejaran su próximo cumpleaños y quedaron eternizados en los tiempos con sus edades del último respiro.

Esos rostros, esas caras, están vigentes hoy. Siguen aquí en mi mente.

Varguitas había llegado al pueblo desde el interior del país, como el otro policía que murió arrodillado detrás de la trinchera en esa madrugada de Junio, cuando, luego del enfrentamiento, no hubo un comando más de Policía en Santa Rosa de la Caña. Al parecer no habían cumplido los 20 años. Tenían 19, los mismos que tiene mi hija mayor.

Ceballos era el guerrillero muerto. Un agente pastuso lo mató. Contó que le disparó a la luz de un relámpago cuando iba a dar su golpe final: dos bombas que haría explotar en el techo de palma del pequeño Puesto de Policía. “No se sabe qué estaba cuidando, porque ni siquiera energía eléctrica tiene este pueblo. Se van todos a otro lugar donde si quiera haya una Caja Agraria”, decía el comandante que bajó del helicóptero que por primera vez veía en mi vida tan cerquita y que había aterrizado en la mitad de la plaza al filo del mediodía, cuando en el pueblo todo era fango, charcos de sangre, murmuraciones y lamentos.

A Diana –una adolescente que se fue con uno de los grupos que acampaba esporádicamente en el pueblo y que regalaba latas de lechera y otras cosas de comer como sardinas y salchichas a los niños que nos acercábamos– la reconocí unos años más tarde, cuando la tiraron sin vida en la plaza de Canalete, junto a otros chicos, y que luego enterrarían como “n.n” en una fosa del cementerio de ese municipio con agujeros de bala en su cuerpo y camuflados verdes. Se había convertido en “gente del monte”.

Eliécer y Marta, dos hijos de La Caña como el Mono y Rafa, también murieron cruelmente: fueron asesinados selectivamente. A diferencia de Rafa y Eliécer, a Marta la mataron en plena tarde; la buscaron en su casa y sus verdugos la pusieron a caminar delante de sí. Ellos iban montados en sendos caballos, mientras ella, serena, contaba sus últimos pasos y con una leve sonrisa (dicen las que la vieron de cerca), alcanzó a saludar a varios en el camino hacia la vereda El Algodón, a la salida del pueblo. Nadie podía hacer nada, simplemente esperábamos escuchar los disparos. La familia gritaba en silencio para evitar sumar más miembros al sacrificio, porque los asesinos no eran gustosos de los escándalos: “entierren a sus muertos sin tanto alboroto”, parecía que siempre eso querían decir. Segundos después de los disparos, mamá, papá y sus más de diez hermanos e hija, iban a buscar el cuerpo, porque no había “el levantamiento legal”, solo el médico y el profe del pueblo eran los osados que ayudaban a limpiar el destrozado cuerpo. Después, a prestar por enésima vez, el ataúd de doña Zocorro, la señora que con más de 100 años de vida, siempre lo tuvo listo para ella. Fueron muchos los ataúdes que prestó antes de su muerte, hasta Walberto, su hijo, lo usó luego que lo mordiera una culebra.

El médico era mi padrino. A él lo mataron la misma noche que a Rafael. Sus nueve noches fueron las últimas que vivimos en el pueblo. Después de esas nueve noches tuvimos que venirnos porque el siguiente muerto lo pondría mi familia: mi papá. Él era uno de los dos maestros del pueblo.

A “El Mono” Petro, junto a su hermano, lo mataron frente a la familia. En su propia casa. El mismo régimen.

Todas estas situaciones las viví antes de que comenzara la última década del siglo pasado. Muchas más, que algún día contaré. Más adelante, vivir donde debíamos era imposible porque “los otros señores” nos hicieron la vida imposible a muchos.

Sin embargo, ya casi en este siglo y cuando menos lo pensábamos, nos tocó seguir aportando sangre de nuestra familia a esta guerra que, espero de verdad, esté muriendo. Como espero que mueran las ganas de los que quieren oponerse a la maldita guerra, que ni siquiera conocen de cerca, para que no se repita, porque los nombres que mencioné antes no pudieron contarla.


Por: Emil Segundo Pérez

Emil Segundo Pérez

Humanista, Artista; Docente, Periodista y Creativo Costeño. Padre de María Claudia y Juan Esteban. Vivo en San Jerónimo de los Charcos.


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