El Barcelona, humillado en Roma, quedó eliminado de la Champions

El equipo azulgrana protagoniza un derrumbe histórico y queda fuera de la Champions

Dzeko, De Rossi y Manolas remontan el 4-1 de la ida en uno de los grandes ridículos de la historia barcelonista

El Barcelona vivió uno de los mayores ridículos de su historia contemporánea. Vivió en sus carnes lo que en su día sufrió el PSG en el Camp Nou. Tras una actuación surrealista y de equipo pequeño, el equipo de Valverde permitió que le remontaran el 4-1 de la ida para certificar su increíble eliminación en los cuartos de la Liga de Campeones. Manolas, a diez minutos de la conclusión, confirmó la gran caída azulgrana.

Dzeko, un tormento para los azulgranas, ya había despertado a demonios al amanecer ante los petardos y las bengalas del averno. El Barcelona, pésimo, atemorizado, rendido al pelotazo, se tambaleó. Sudó sangré. Vio cómo el equipo italiano rondaba el gol que acababa con todo. Adoró a Ter Stegen por su intervención frente a El Shaarawy. Pero no pudo resistir. Tampoco lo mereció.

Sí, Sergio Busquets jugó con dolor en el pie y con una bota reforzada. Y Sergi Roberto, escoltado otra vez por Semedo, estaba apercibido de sanción. Poco importaba. Valverde, que en la víspera admitió sin complejos estar siempre preparado para la derrota, para la llegada de la guadaña, priorizó la resistencia al gobierno. Mal síntoma. Echó, además, mano de la misma alineación de la ida. Si aquel equipo de doble lateral había goleado a la Roma (4-1) -con dos goles en propia puerta-, ¿por qué tocarlo? El funcionamiento, sin embargo, no fue ni mucho menos el mismo.

Exceso de nerviosismo

Los nervios atenazaban los músculos de los azulgranas. Messi y Suárez se exiliaban ante un centro del campo inexistente. Sin autoridad alguna. Nadie creyó conveniente estorbar a De Rossi, capaz de derrumbar las líneas del Barcelona con un pase desde el centro del campo. Jordi Alba perdió la carrera con Dzeko. Umtiti, en caída libre desde que creyó necesario un aumento urgente de salario, no supo cómo contener al ariete bosnio. Ter Stegen, que no se movió de su posición, sólo esperó a que el Olímpico estallara con el gol inaugural.

Sabía Eusebio Di Francesco, técnico de la Roma, que el milagro sólo llegaría si retorcía su plan. Avanzó su línea de presión. Arriesgó. Alineó a tres centrales, situados a un palmo de la divisoria. Eliminó a los extremos para que las orillas fueran territorio para carrileros de largo recorrido (Florenzi, Kolarov). Y dio cuerda al fichaje más caro de la historia del club giallorosso, el joven delantero Schick. A saber qué hubiera ocurrido con el partido si el chico, despreciado por los pasivos Piqué y Umtiti, no hubiera errado de mala manera el 2-0 a la media hora.

Tuvo que asomar la manopla de Ter Stegen para evitar, poco después, que Dzeko dejara también a la Roma a un solo gol de la clasificación. Aún pudo suspirar el Barcelona por que el árbitro del encuentro, el francés Clément Turpin, rechazara pitar penalti después de una caída de Kolarov ante un descontrolado Semedo.

Messi sólo podía mirar hacia atrás

Puestos a buscar razones al lúgubre desempeño azulgrana, nada como la nula tensión competitiva de quien se creía ya vencedor. Sacar el balón desde la retaguardia era poco menos que una odisea. La banda de Iniesta y Alba no existía, mientras que la de Sergi Roberto y Semedo era poco más que un camino de cabras. Busquets no tenía control alguno de la situación. Rakitic corría sin saber muy bien hacia dónde. Y Messi, ya desquiciado, sólo podía mirar hacia atrás. Nunca hacia adelante.

Si alguien pensaba que el Barcelona iba a recomponerse en el segundo acto andaba bien errado. Valverde no ofrecía solución alguna al gran plan de la Roma, que no era otro que el pase kilométrico a Dzeko al corazón del área. La defensa volvió a tragarse uno de ellos, esta vez de Nainggolan. Y Piqué, ya superado, sólo encontró remedio en el agarrón. El árbitro de área corrigió al colegiado principal, que se había hecho el sueco con el penalti. Acabó por señalar la pena máxima, aunque libró a Piqué de la expulsión. Luego compensaría cerrando los ojos ante la segunda amarilla a Fazio tras entrada a Iniesta.

Decía Pasolini que el fútbol de verdad, el crudo, es el que se juega en el corazón del suburbio. Nunca lo entendió el Barcelona, tan empequeñecido que ni siquiera supo quién era el meta Alisson. Su eliminación desveló un drama que venía advirtiéndose. Desde hace mucho tiempo.

Tomado de: elmundo.es


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