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El vallenato: el género musical campesino que cautivó al mundo

El vallenato: el género musical campesino que cautivó al mundo

                                                                        El festival

La oportuna intervención de Alfonso López Michelsen, gobernador del naciente departamento del Cesar en 1967, que junto a la periodista Consuelo Araujo Noguera, Miriam Pupo, el nobel Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio, los hermanos Pavajeau y el laureado compositor Rafael Escalona propiciaron la creación del Festival de la Leyenda Vallenata, que se realizó por primera vez en 1968.

Hoy, después de 52 ediciones, el festival conserva sus tradiciones, ha sido la mejor forma de llegar a más personas y entrelazar todas las clases sociales.Lo que empezó como un movimiento campesino que narraba su cotidianidad a través de cantos se convirtió en símbolo musical de un país.

Por medio de la Resolución 1321 del 16 de mayo de 2014, se incluye “la música vallenata que por tradición se hace en el Caribe colombiano” a esta lista representativa de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación y se aprueba un plan especial de salvaguarda. Además, en 2015 la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) declaró al vallenato como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

En este proceso fueron muchas las personas que ayudaron a consolidar este género musical, familias enteras de compositores, músicos, juglares; de periodistas, políticos y del pueblo que se quedaron por fuera, pero a quienes se reconoce como parte de la historia del vallenato.


El vallenato comenzó como un movimiento juglar que transportaba noticias por la región y formaba identidad en los departamentos de La Guajira, Cesar y Magdalena. A partir de la década de 1970 se consolidó en el país hasta convertirse en un símbolo nacional.


Nuestra música, sus ritmos y danzas nacieron sin nombre. El tiempo, sabio caminante, le enseñó a nuestra gente a vivir procesos de construcción que arrancan desde los conjuntos de la hojita, ocarinas, carrizos, palmoteos, viajeros infatigables de cantos, con o sin acompañantes, reuniones llamadas luego “merengues, parrandas o cumbiambas”, en las que mujeres y hombres bailaban alrededor de esa música que nacía libre.

El vallenato brotó del proceso de mestizaje de los pueblos indígenas que habitan hasta hoy La Guajira, Cesar y Magdalena, de los africanos que llegaron como esclavos y de los colonos europeos. Con el tiempo esos hombres que se dedicaron a las labores del campo, después de descuajar montañas y sabanales a punta de machete y hacha, aprovecharon las noches para darle rienda suelta a la imaginación y musicalizar los sueños. Así nació nuestra música, en medio de tantas represiones sociales, en las que el zambaje, mestizaje y tantos gritos de cimarronería pusieron grandes cuotas para construir este ADN.

El trovador, trovero o juglar un día estaba en un sitio y en la madrugada cogía mula y metía entre su mochila de fique o lana una botella de ron blanco o chirrinche y sus tabacos. Vestido con una ‘amansaloco’, camisón de manga larga de uso frecuente en el trabajador de la provincia y su pantalón caqui, más una enjalma y un pellón de variados colores, llegaba a un caserío con su repertorio, cantando las noticias que en otros corregimientos surgían, pero también cantándole a la luna, a los valles y ríos e inminentemente al amor y al desamor; tanto así que para muchos el juglar llegó a tener poderes místicos.

Debido al aislamiento de esta región con el resto del país, ante la falta de caminos, la actividad del juglar constituyó una manera de hablar que formó identidad y sentido de pertenencia. Esos vacíos ante la falta de conectividad se llenaron con música y con el tiempo el canto vallenato adquirió una estética a través de la musicalización, el ritmo de mensajes con ritmo y rima, ‘un periódico cantado’, en cuyos antecedentes estaban inmersas las prácticas como la zafra y el posterior canto de laboreo, cuyas bases mestizas y zambas son evidentes.

Con el paso del tiempo, nació la leyenda que hoy cubre el vallenato, la que protagonizó Francisco Moscote Guerra, un guajiro nacido en 1850 en Galán, un caserío cercano a Riohacha, quien con su acordeón de una hilera y cuatro bajos se enfrentó al diablo, revestido de acordeonero, y lo venció. A partir de ese momento el vallenato se llenó de magia y de uno de los elementos más contestatarios: la piquería. Después de eso todo cambió. Empezó la leyenda de Francisco el Hombre.


De hecho, Gabriel García Márquez tiene un espacio para el vallenato en Cien años de soledad y para Francisco el Hombre como personaje de su obra; para él “Esa labor de correo musicalizado fue lo que prendió la mecha de un movimiento, que arrancó desde las bases campesinas hasta convertirse en música nacional. Esas voces son las bases del periódico ambulante que todavía nos acompaña”.


Esa labor del trovador, trovero o juglar se hizo notoria cuando nuestros caseríos empezaron a darle representación folclórica y convertirse así en nacientes embajadores musicales. Por eso no era raro escuchar “Ahí viene el gallo de la treinta”, como se hacía llamar Luis Pitre, por ser nativo de la Alta Guajira o de “Camperucho” como se conocía a Juancito Granados, entre otros exponentes.

La audiencia creció en torno a la naciente música y a las estaciones o punto de encuentro de los juglares, las razones del boca a boca iban y venían y las barras se hacían alrededor de los nuevos representantes. Este aspecto dinamizó la tradición oral y era común escuchar entre el poblado frases como: “Músico bueno ese Chico Bolaños”“Ese canto que le hizo Emilianito a Lorenzo lo va dejar viendo un chispero”.

Así fue como la historia de gran parte de la región Caribe colombiana se contó desde el vallenato. Y esa creciente identidad musical y reunión entre caseríos les permitió dar el salto a los juglares que llegaron a conquistar Barranquilla, Valledupar, Santa Marta, Cartagena y Riohacha. Para ellos, nada fue fácil. Tuvieron que enfrentarse a la postura arrogante de los centros de poder que veían en ese canto una muestra vulgar o corroncha.

A pulso, el vallenato con sus cuatro ritmos -paseo, son, merengue y puya- se siguió labrando el camino y comenzaron a gestarse las canciones que hoy día son base del género. Por ejemplo, La gota fría, que nació producto de la parranda de muchos años, del enfrentamiento musical que se dio de pueblo en pueblo entre Emiliano Zuleta Baquero, su autor, y Lorenzo Morales, su oponente musical.


                                                                                 Alma mestiza

Los instrumentos con los que se interpreta el vallenato son una muestra más del mestizaje. El acordeón de origen austriaco y de construcción masiva en Alemania llegó al país en 1850 después de recorrer Santo Domingo y Curazao, entró por Riohacha, puerto guajiro. En la Segunda Guerra Mundial su comercialización se redujo y fue un instrumento perseguido en nuestro medio por ser considerado de contrabando. La caja nace principalmente de los afrodescendientes que llegaron como esclavos de África y su cruce con pueblos indígenas. Por último, la guacharaca es un instrumento de fricción que surge de la planta conocida como Uvita de Lata.


                                                                                                                      La radio
Todo lo que creó el campesino salió de su región y llegó a las ciudades que gozaban de tener medios como la radio y los estudios de grabación. Personas como Víctor Amórtegui y Elías Pellet Buitrago, creadores de la radiodifusión colombiana, y el posterior surgimiento de Antonio María Fuentes, son quienes dieron forma a las primeras grabaciones de la música vallenata.

La entrada de esos dos elementos tecnológicos cambió la mentalidad de los juglares, y por la década de 1930 el acordeonero y compositor Francisco Rada Batista se presentó en la emisora La Voz de la Patria, en el programa De todo un poco, dirigido por el músico bolivarense Ángel María Camacho. Allí grabó el son El botón de oro y la cumbia La sobrosita.

El boom del vallenato comenzó a explotarse y el juglar se adaptó a los cambios que esto contrajo, entre ellos, la introducción de nuevos instrumentos como el bajo electrónico, la tumbadora, la guitarra y el cencerro. Sumado a la labor promocional que debía desarrollar el intérprete, al que se le entregaba un acetato de 78 revoluciones por minuto (RPM) y se dedicaba a vender puerta a puerta recibiendo un porcentaje.


Entre las primeras muestras grabadas aparecen Abel Antonio Villa, Guillermo Buitrago y sus muchachos, Luis Felipe Durán, Germán Serna, Alejandro Durán Díaz, Bovea y sus vallenatos con el canto de Alberto Fernández, Pedro García, Nicolás ‘Colacho’ Mendoza, quien grabó para el sello Carrizal en 1955, entre otros.

Lo seguirán grandes exponentes como Rafael Escalona, Leandro Díaz, Máximo Móvil, Tobias Enrique Pumarejo, Gustavo Gutierrez, Fredy Molina, Octavio Daza, Edilberto Daza, Luciano Gullo Fragoso.

La explosión del vallenato continúo y aparecieron personajes como Calixto Ochoa, Lisandro Martínez, Los Playoneros del Cesar, Alfredo Gutiérrez, Jorge Oñate, los Hermanos López; Poncho y Emiliano Zuleta, el Binomio de Oro y Diomedes Diaz. Y si se pudiera hablar de una posmodernidad del vallenato hoy la encumbran Carlos Vives, Jorge Celedón, Silvestre Dangond, los fallecidos Patricia Teherán, Kaleth Morales y Martín Elías, además de Peter Manjarrés, los Diablitos, los Gigantes, Nelson Velásquez, Emerson Plata, Jean Carlos Centeno, Jhon Mindiola, Elder Dayan, Churo Díaz, entre muchos otros.


 

 

 

 

 

 

 

                                                                       El festival

La oportuna intervención de Alfonso López Michelsen, gobernador del naciente departamento del Cesar en 1967, que junto a la periodista Consuelo Araujo Noguera, Miriam Pupo, el nobel Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio, los hermanos Pavajeau y el laureado compositor Rafael Escalona propiciaron la creación del Festival de la Leyenda Vallenata, que se realizó por primera vez en 1968. Hoy, después de 52 ediciones, el festival conserva sus tradiciones, ha sido la mejor forma de llegar a más personas y entrelazar todas las clases sociales.

Lo que empezó como un movimiento campesino que narraba su cotidianidad a través de cantos se convirtió en símbolo musical de un país. Por medio de la Resolución 1321 del 16 de mayo de 2014, se incluye “la música vallenata que por tradición se hace en el Caribe colombiano” a esta lista representativa de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación y se aprueba un plan especial de salvaguarda. Además, en 2015 la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) declaró al vallenato como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

En este proceso fueron muchas las personas que ayudaron a consolidar este género musical, familias enteras de compositores, músicos, juglares; de periodistas, políticos y del pueblo que se quedaron por fuera, pero a quienes se reconoce como parte de la historia del vallenato.


                                                    Reconocimiento internacional
El sueño se comenzó a gestar en 2002, en una reunión que contó con la presencia de Juanes, Andrés Cepeda, Julio Nava, Fernán Martínez y Félix Carrillo Hinojosa, entre otros, y sembraron la semilla para que se creara la categoría cumbia, vallenato en los Premios Grammy. Esta idea logró materializarse en 2006 cuando se abrió la convocatoria en esta categoría, cuyos primero ganadores fueron los hermanos Zuleta Díaz.


* Este artículo hace parte del libro: ‘Colombia: la historia contada desde las regiones’. 

Fuente: semana.com


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