Palabras al aire…

Entre lo mucho que tengo para confesar en la vida, hay una obviedad que no se puede pasar por alto: soy una amargada. Aunque me encanta camibailar por la calle mientras voy cantando distraida, me estreso ante la muchedumbre y más aún si se detienen en la calle a interrumpir el paso, tampoco soy buena hablando con desconocidos y cuando no me siento cómoda con algo, se me nota en la cara y en la mirada de desagrado, me resulta inevitable, eso y el eventual sarcasmo me resulta natural.

Sin embargo, me ha ocurrido que últimamente pareciera que mi mala cara se ha convertido en una invitación a que los extraños se acerquen a contarme su vida y sus problemas, algunas veces puedo escapar de la conversación refugiándome en mis audífonos (no siempre con música, lo admito), otras no tengo más remedio que responder con algún tipo de monosílabos y otras simplemente escucho mirando al horizonte.

Pero esto no es algo que sólo me ocurra a mí, de seis mujeres reunidas en un café hablando de cambiar el mundo mientras ven memes, a las seis nos ha ocurrido en más de una oportunidad la desastroza experiencia de tener que escuchar historias que en realidad no nos importan pero que al ser contadas liberan e alma sufriente de quien las cuenta. Y es que parece ser que existe una categoría que comparten los seres atribulados y los solitarios que a falta de un oído amigo que les escuche necesitan descargar su corazón o su mente o su anecdotario o su simple deseo de hablar, que los obliga a desbocarse en prosa con el desconocido que se sienta a su lado en la sala de espera, o en el transporte público o que hace fila a su lado.

Ahora bien, también he descubierto que en esa misma categoría o en una realmente muy cercana a ella se ubican los salvadores que desean ofrecer consuelo y los tímidos solitarios que encuentran en estos conversadores anónimos una cura al tedio de sus rutinas. Entonces todo se convierte en una excusa para abrir el dialogo y dejar que las palabras florezcan libremente; vienen las risas, todas tenemos una historia que contar, una se parece a otra y llega otra más, no hay duda soy la más amargada de las seis, una carcajada retumba en el pequeño espacio del café artesanal y seguimos contando.

Cuantos sueños, cuantos miedos, cuantos dramas, cuantos desamores, cuantos desencuentros, cuantas tragedias, cuantas bromas, cuantas mentiras van escondidas en cada transeúnte que recorre estas calles, todas están aguardando que llegue un desconocido y se detenga en una esquina o un banco o consultorio o un parque o el lugar que sea y los escuche. Finalmente todos guardamos un secreto o una historia que quiere nacer como palabras al aire que se sueltan y flotan y luego se pierden en el viento hasta que alguien las repite en un café diminuto entre risas y bromas, quizá alguna vez tengan sentido y el receptor tenga la cura precisa para ese dolor del alma y nos curemos, mientras tanto se seguirán tejiendo y ayudando a trazar caminos hacia donde sea que nos lleve la vida.


Por: Milena Bautista

Milena Bautista

Milena Bautista es hija de la ciudad musical; lidera procesos sociales en favor de la juventud. Estudió electrónica por terquedad y derecho por vocación. Su pasión se mueve entre el fútbol, la política y la poesía. Escribe eventualmente sobre las conversaciones que se tejen al rededor de un café con los amigos, esas en las que se empieza hablando de las noticias y termina uno desahogando el alma.


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